La corrida no era exactamente mediática. No porque El Fandi no es torero de los de a todas horas en la tele. Y aun así, tuvo tirón. En esta tierra de fuego y ruido le quieren, es un ídolo. Los Fandingueros, que así se hacen llamar y así lucen en la plaza, fueron en masa. Otro éxito más del granadino, que hizo que levantase la taquilla. No serían Jesulín y El Cordobés, que en las dos tardes anteriores que estuvieron anunciados, dos batacazos de taquilla hubo.
También lo tuvieron hoy en el ruedo. Da la impresión que ya no vale con poner rumbo al sol en las faenas y desplantarse o mirar con ganas a los tendidos. Que incluso quienes van a estar corridas exigen algo más, algo que ni el de Ubrique ni el de Arganda dieron. Habían preparado un encierro de La Palmosilla tan a modo, tan a modo, que lo mandaron para el campo. Y salieron los de Capea, en buen son, y alguno con sus puntitas. Y claro, más de uno se descompuso.
Lo hizo Jesulín con el primero, uno de los toros buenos de la tarde, con emoción y buen aire, y con el que no se puso en serio ni una vez. Parecía la yenca la faena. De izquierda a derecha y adelante y atrás. Todo menos quedarse en el sitio antes de fulminarlo de un metisaca infame en los blandos. El cuarto fue otro toro con tanta calidad como nulas fuerzas. Y Jesulín se pasó diez minutos pegando tirones y enganchones con el toro rodando por el suelo. Hasta que se encendió una bombilla, el toro aguantó cuando lo llevó medio enganchado y ¡albiricias! estalló la plaza en un desplante. Habían pasado ya diez minutos, que sonó el aviso.
El Cordobés no llegó siquiera a desplantarse. Manolo permitió que devolviesen al segundo por manso sin haberle dado, ni él ni sus hombres, un triste capotazo. El presidente se acojonó ante la bronca de la masa y tiró de moquero verde para aplacar a las fieras. El sobrero de Yerbabuena, con dos puntas muy serias, no rompió hacia adelante, como tampoco El Cordobés, frío y espeso como la tarde. El quinto, el más serio de la tarde, se desplazó bien de primeras, pero Manolo se empeñó en ahogarle y claro, se paró.
Así las cosas, la tarde fue única y exclusivamente de El Fandi. El tirón de taquilla primero y el triunfo después. Merecido, porque fue el único que puso ganas, entrega, corazón y técnica para buscarle las vueltas a su lote.
Fandila arreó desde el saludo de capa. De rodillas, por verónicas, chicuelinas y galleo al paso. Todo en uno, y la plaza revolucionada.
Tras un tercio de banderillas más efectista que bueno, hubo de todo en la faena de muleta a un toro que siempre embistió rebrincado y a saltos. Desde el inicio de rodillas aguantando hasta los adornos finales. Se puso, lo llevó a su altura para que no terminase en el suelo, dio la cara y hubo algunos muletazos buenos al natural. Claro, que de esos pocos se enteraron. Estaban más por aplaudir los martinetes finales. La estocada fue un puñetazo que puso en sus manos una oreja.
La otra cayó del sexto. Junto con el primero, el mejor de la corrida. Cantó el son y, de nuevo, El Fandi puso la máquina a funcionar. La plaza se cayó literalmente con los palos, sobre todo con un segundo par de mucho mérito y exposición. Un recorte, la moviola y cuadrar en la cara. Todo en uno.
El toro se venía con celo aunque en mitad del muletazo siempre amagaba con vencerse, y Fandila lo supo tapar y llevar, buscarle las vueltas, pasarle por encima y, cuando quiso, dejar un manojo de naturales buenos. Los justos, que no estaba la gente por la labor de ello. Aunque ahí quedaron. Otro final de infarto, otra estocada efectiva y otra oreja. Esas son ambiciones.