Puede que éste sea uno de los inviernos con más movimiento de despachos en los últimos años. Mucha ruptura, mucho cambio, pero en una dirección cada vez más monocorde: la del sol que más calienta. Todavía más en tiempo de crisis (con lo peor aún por llegar) y cuando el miedo es libre, el ¡sálvese quien pueda (y cómo pueda)! se lleva la palma.
La independencia, hasta hace poco cualidad bien valorada y virtud de quien aspiraba a administrar su hambre y su miedo (Joselito dixit), prostituida también en boca de muchos, pierde valor y se diluye como un efferalgran en medio vaso de agua. Como el sexo, muchos la nombran y no tantos la practican. Por no hablar de los que durante años denunciaron y denuncian a boca llena las tropelías y desviaciones del poder y terminan abrazados a él para procurarse un bonito final.
Falta de confianza en ser capaz de sacarse las castañas solito o falta de confianza en el sistema. Cualquiera de las dos les deja en mal lugar. Malo si el torero no se cree capaz de enderezar su rumbo y peor si entrega la cuchara haciendo suyo aquello de si no puedes con el enemigo únete a él. Un torero no es eso, no debe serlo.
Quizá lo sea el funcionario que ficha, trabaja sus horas y lo más que se juega es un esguince de muñeca por aporrear seis horas al día un teclado de ordenador pero cuando lo que está en juego más de 20, 50 u 80 tardes al año es tu vida, la sartén debería estar siempre agarrada por quien más expone. Y ahí el torero gana siempre por goleada al empresario e incluso al comisionista disfrazado de apoderado. Lo mismo que a la prensa es al poder, el torero al empresario. Están condenados a soportarse pero nunca a ir de la mano.
Ahora llega el miura de la crisis y el fenómeno se expande. Pies para que os quiero. Todos corren a tratar de hacerse un hueco en el burladero de las grandes empresas. Esos mismos que tienen el cuerpo cosido como un balón de reglamento. ¿Merece la pena ser torero para convertirse en un cromo que otros cambian?. A muchos parece que sí. Luego el tiempo pone a cada uno en su sitio y a la mayoría de éstos les niega sistemáticamente la gloria.. Lo importante es torear, da igual cuándo, dónde y cómo. Con televisión, sin ella, con categoría, sin ella, aquí, allí, así, asao...
Hablar de independencia en los tiempos que corren vuelve a ser cosa de cuatro locos una vez que hasta los que uno creía espíritus libres siguen cayendo. Años de lucha, sangre, sudor y lágrimas en algunos casos para llegar a una gran casa. Objetivo cumplido.
Sin embargo, y aunque la fórmula de ir por libre ha perdido vigencia, se demuestra valiente, válida y eficaz a partes iguales cuando hay fondo y cojones detrás para sostenerla pese a lo ingrato del camino.
La prueba está en que tres o cuatro de estos locos mandan en el toro sin más fuerza que la de su toreo, su capacidad y su ambición para dar la medida todas las tardes. El tiempo, el contexto y los compañeros, ponen todavía más en valor una manera nada cómoda pero a la larga muy gratificante de entender de la vida y la profesión poniendo de manifiesto además que ser valiente llega a resultar incluso más rentable que cagarse en la taleguilla. ¿O no?